Bajo la gestión kirchnerista, YPF se convirtió en un feudo privado para unos pocos. Su presidente, Pablo González, adquirió un Lear Jet 60 con un sobreprecio de US$8 millones, el mismo avión que Cristina Kirchner usaba regularmente para viajar a El Calafate.
El otro avión, un Embraer 500 valuado en US$15 millones, también estuvo a disposición de la cúpula kirchnerista, incluidos Sergio Massa en su campaña 2023 y los ejecutivos de la petrolera. Para garantizar estos privilegios, YPF tenía su propia “Unidad de Aviones Presidencial”, con pilotos, técnicos y azafatas exclusivos.
Además, González y sus allegados disfrutaban de pases VIP en aeropuertos (US$10.000 mensuales), autos de alta gama con combustible subsidiado, choferes que hasta paseaban sus perros y un ascensor exclusivo en la sede de YPF.
Mientras el país se hundía en la crisis, YPF gastaba millones en lujos para la casta K. Un saqueo disfrazado de “gestión estatal”.
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